El mundo desde el punto de vista del niño

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(tomado del newsletter de Laura Gutman)

La evolución desde la dependencia física y emocional absoluta hacia una independencia relativa, es un tránsito muy prolongado….de casi veinte años. El camino que tenemos por delante es enorme. Y eso, todos los niños lo sabemos. También sabemos que necesitamos la asistencia de un adulto para que medie entre el mundo y nosotros.

Por ejemplo, si aún no tenemos capacidad para caminar, alguien nos tiene que prestar sus piernas. Eso significa que esperamos estar siempre, siempre, siempre, en brazos de alguien que camine. Y cuando logramos la marcha….que es un éxito significativo, de todas maneras continuamos necesitando caminar con las piernas de otro. Y mientras no contemos con el lenguaje verbal, esperamos que alguien nombre nuestras sensaciones, nuestra hambre, nuestro dolor de panza. Hasta que alguna vez nosotros mismos podamos nombrar cada cosa.

Sin embargo, con frecuencia, no encontramos piernas que caminen nuestro andar, ni brazos que nos otorguen movimiento, ni palabras que canten nuestras canciones. Lo más grave no es el desencanto, sino el peligro en el que efectivamente estamos. Librados a los depredadores, lloramos con desesperación. Pero en lugar de ser comprendidos, llamativamente, somos desestimados. Algo que ninguna otra especie de mamíferos haría: desestimar el llamado de la cría. En estos casos, cambiamos las estrategias del llamado: probamos enfermando.

Lamentablemente obtenemos respuestas sobre la enfermedad, pero no en relación a nuestro ser interior. En ese punto, los niños ya no sabemos cómo explicar que necesitamos desesperadamente la presencia y la mediación de un adulto autónomo. También probamos adaptándonos. Es decir, inventamos que  no necesitamos eso que necesitamos. Que hayamos sobrevivido disminuyendo las demandas, significa que hemos relegado a algún lugar sombrío las necesidades básicas que no han sido satisfechas. Pero éstas no desaparecen. Sólo desaparecen para la conciencia.

Cuando cumplimos tres años, ya comprendemos fehacientemente que no podemos llorar como un bebé recién nacido, a los seis años mucho menos. Aprendemos a pedir sólo aquello que los adultos están dispuestos a escuchar. Así nos alejamos de nuestras almas en pena. En ese mismo instante, hemos perdido para siempre la sabiduría de la infancia.

Laura Gutman

Pero que difícil es escuchar a nuestros niños, yo misma tengo muchas veces que hacer un esfuerzo consciente de escuchar lo que necesitan mis hija, y recordar que todavía me ncesitan y necesitan mi atención, por que vivimos tan inmersos en la necesidad de “independencia”  instantanea, ya que el darles su tiempo para tener seguridad e ir extendiendo las alas es tiempo perdido para la sociedad actual, para que esperar que se abra el capullo? mejor lo abrimos y sacamos a las mariposas y que extiendan sus alas cuanto antes, ya que si no las obligamos, nunca volarán por si mismas, verdad?

Autor: Leticia Jiménez

Bloguera y emprendedora, mamá de 2, autora de “Berrinches y rabietas para mamás imperfectas” “De esto no se habla, testimonios de violencia obstétrica” y “Mamá y papá también son pareja” disponibles en Amazon.

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