Mi ‘desarreglo’ cumple 18 años
Después de que nació mi hija mayor, intentamos tener otro bebé.
Ese embarazo se perdió a las 10 semanas. Poco después, una peritonitis estuvo a punto de llevarme “del otro lado”. Me recuperé, lo volvimos a intentar durante mucho tiempo… y cuando por fin llegó otro embarazo, también lo perdí.
Empezamos incluso a informarnos sobre adopción.
La peritonitis me dejó llena de adherencias, con miomas de gran tamaño y un panorama médico muy poco alentador. Embarazarme de nuevo parecía, sencillamente, imposible. Con el tiempo, nos resignamos.
Un día tuve un retraso.
No era raro: ya tenía 38 años y había pasado antes. Ese día, casi por casualidad, fui al médico. Me dijo:
—Seguro es un desarreglo, ya estás en edad. Ven más tarde, te inyecto y listo.
Regresamos a casa. Y algo —no sabría explicarlo— me hizo tomar el monedero, salir rumbo a la farmacia y comprar una prueba. Todavía recuerdo la cara de asombro de mi esposo y su:
—¿Pero a dónde vas?
Volví, me hice la prueba… y aparecieron dos rayitas.
Otra vez la misma cara de incredulidad.
Después lo confirmamos con un estudio de sangre.
No lo hicimos público.
Las pérdidas anteriores habían sido devastadoras para mí y no me sentía capaz de atravesar algo así otra vez frente a los demás. Guardé el secreto casi cinco meses, hasta que ya era imposible disimular el embarazo.
El escenario seguía siendo complicado: adherencias por todas partes, un ovario menos, miomas que competían en tamaño con el bebé, un embarazo de alto riesgo donde cualquier cosa podía pasar.
Pero siguió creciendo.
Y creciendo.
Nos prevenían sobre un posible parto prematuro por los miomas, pero la criatura decidió tomarse su tiempo: llegó a la semana 41+1. Empecé con contracciones; el día anterior la habían revisado y estaba perfectamente acomodada. Llegué al hospital… y decidió sentarse de la forma más complicada posible. Para completar el cuadro, se me subió la presión. Terminó en cesárea.
Por protocolo, el médico me preguntó si quería ligarme. Me reí y le dije que sí.
Después me contó que tuvo que despegar la trompa del útero para poder ligarla, que estaba completamente cubierta de adherencias y que no se explicaba cómo había sido posible ese embarazo.
Así, un 2 de enero, fui madre por segunda vez.
Mi “desarreglo” cumple 18 años este año… y parece que fue ayer.
De cada experiencia de maternidad podría escribir un libro: cada anécdota, cada desvelo, cada miedo. Ninguna maternidad se parece a otra.
Hoy soy madre de dos jóvenes adultas, porque —aunque cambien las etapas— nunca se deja de ser mamá.
Durante años he visto en redes historias que se repiten: miedos, culpas, exigencias imposibles, madres agotadas creyendo que fallan.
Yo también pasé por ahí.
Por eso sigo escribiendo. No para decirte cómo hacerlo, sino para recordarte que no estás sola y que muchas ya caminamos antes ese tramo.
Si algo he aprendido es esto: la maternidad no se vive una sola vez. Se repite, se transforma y nos vuelve a poner a prueba en cada generación.
Tal vez yo podría ser la mamá de muchas de las mujeres que hoy me leen, pero en el fondo todas seguimos preguntándonos lo mismo:
¿lo estaré haciendo bien?

